Vikingos de los Andes que navegan en totora

Construida en el lago, la Abora III partió del puerto de Manhattan (EEUU) el 2007.
Desde hace medio siglo, expediciones científicas retan al mar con balsas de totora construidas por expertos del lago Titicaca. Las familias Limachi y Esteban siguen en la aventura.
| Febrero 5 de 2010
Texto: Liliana Carrillo V.    Fotos: Ángel Illanes y EFE

 

A bordo de la balsa de totora que él mismo había trenzado, Fermín Limachi —natural de la isla Suriki, 32 años, padre de cinco hijos— conoció la furia de tres tormentas, se asombró con un eclipse de luna y tembló ante los tiburones del Mediterráneo. Navegando de Egipto a Chipre, durante 65 días, supo también de la convivencia con nueve personas de cinco nacionalidades en Abora II, una embarcación de 12 metros de largo por 4,5 metros de ancho... Todo “valió la pena”.

 

“Hemos demostrado que una balsa de totora, bien hecha, puede navegar por el mar y encima a contracorriente y a contraviento”, evalúa ocho años después de la aventura este hombre grandote, curtido por el lago Titicaca. Ahora tiene 40 y se ha convertido en patriarca de los Limachi, una estirpe de constructores que hace dos generaciones resolvió retar al océano con su destreza.

 

Ra II, la puerta al mar

 

La primera fue la expedición Kon-Tiki del explorador noruego Thor Heyerdahl, en 1947. Aunque el inicio fue antes, en tiempos inmemoriales, cuando los habitantes de los pueblos lacustres trenzaron balsas con la materia prima que el Titicaca les regalaba generoso: la totora.

 

Lo cierto es que, a mediados del siglo pasado, Heyerdahl construyó una embarcación de troncos con técnicas de los pueblos precolombinos de Sudamérica y partió del puerto de El Callao (Perú) hacia las islas Tuamotú de la Polinesia. Tras 101 días en el océano Pacífico, chocó contra un arrecife. No fue un naufragio total, pues logró su objetivo: probar que los antiguos pudieron navegar en el océano y migrar a tierras lejanas.

 

Sin embargo, algo aún inquietaba al aventurero, biólogo marino de profesión y antropólogo de pasión, y 20 años después, repitió la expedición. Esta vez recurrió a los expertos constructores bolivianos de balsas de totora para crear la Ra II y navegar desde Marruecos hasta Sudamérica, a través del océano Atlántico.

 

Fue un día de enero de 1970 cuando el “gringo” llegó a la isla Suriki, en el corazón del lago Titicaca y famosa por sus balseros. “Todas las familias sabíamos trenzar totora, parece que se nacía sabiendo”, recuerda Demetrio Limachi (62). Por eso, cuando Heyerdahl convocó a un concurso de constructores la competencia fue feroz, con las familias Limachi y Esteban a la cabeza.

 

“Hemos recogido la totora, cinco amarros cada uno y hemos hecho una balsa de dos metros cada uno. Al final nos han calificado y hemos ganado los hermanos Limachi: José, Juan y Demetrio”, dice el menor de la familia que entonces era un veinteañero. “Van a viajar nos ha dicho. Nosotros pensábamos que a Perú íbamos a ir, pero hasta Marruecos nos ha llevado... leeeejos, 45 grados, grave. Ahí con africanos hemos hecho una balsa de 12 metros de largo y cuatro de ancho”.

 

Ra II se llamó aquella embarcación, construida con juncos y tecnología aymara, que zarpó del puerto de Safi y después de un viaje de dos meses y 6.100 kilómetros, llegó a Barbados. Con ella, se probó que las naves primitivas podrían haber navegado con las corrientes Canarias cruzando el Atlántico. El Ra II, que aún se conserva en Noruega como reliquia del museo Kon-Tiki, fue el inicio de una sociedad. En 1977, Heyerdahl volvió a convocar a los hermanos Limachi.

 

“Esa vez nos hemos ido hasta Irak; allí hemos construido un barco de papiro y bambú más grande: el Tigris tenía 18 metros”, narra Demetrio. El objetivo del explorador noruego era entonces demostrar que la Cultura del valle del Indo, en Pakistán, habría podido conectarse con la de Mesopotamia, navegando por el océano Índico. Pero el Tigris no llegó a puerto. Fue incendiado deliberadamente en Yibuti, el 3 de abril de 1978 como protesta contra las guerras en África.

 

Una escuela para la isla

 

Sus viajes a tierras lejanas habían deparado a los hermanos Limachi la fama que nunca habían conocido. A su llegada de Irak, fueron llamados al Palacio de Gobierno para una cita con el entonces presidente de facto Hugo Banzer. Demetrio no olvida:

 

“Nos ha preguntado: ‘A ver Limachi, ustedes que han viajado a todo el mundo, qué idea han traído para su familia, para su pueblo’. Yo le he dicho: ‘ Señor Presidente, allí nosotros no hemos podido pronunciar las palabras, no entendemos. Cómo funciona la máquina, no sabemos. Yo quiero un colegio para la isla Suriki, para que los hijos ya no sufran cuando salgan’. Cuando hemos vuelto a Suriki y les hemos dicho van a venir de La Paz, no me han creído. ‘¡Qué pues! A mejores pueblos no van los presidentes. Estos llok’allas qué van a traer, en vano están hablando’, decían”, cuenta el sexagenario.

 

La sorpresa fue grande en la isla cuando recibió la visita de Banzer. Meses después, se inauguró el Nucleo Experimental Piloto de Suriki. “Yo bien feliz estaba —Demetrio se emociona— Sí, pues, yo primero de Primaria nomás he hecho, apenas escribo; por eso hay que tener colegio. Eso hemos logrado en Suriki”. Eso y una reputación que dio trabajo a los Limachi y a sus vecinos.

 

Más aventuras de totora

 

En los 80 y 90, se realizaron más expediciones marítimas en balsas de totora, siempre con el objetivo de descubrir las rutas de antiguas migraciones. Y los especialistas convocados a construirlas fueron dos familias de la isla de Suriki; alternativamente: los Esteban y los Limachi.

 

Los primeros —además de trabajar en los proyectos pioneros de Heyerdahl— trenzaron la balsa Uru (1988), que partió desde el puerto de El Callao y tras navegar cinco meses por el Pacífico llegó a las isla de Tahití. También son creación de los Esteban, las tres embarcaciones de las expediciones Mata Rangi (1998, 1999 y 2000), comandadas por el español Kitín Muñoz, que se proponía llegar desde América a Japón.

 

Entretanto, los Limachi construyeron las balsas de totora de las expediciones Viracocha I, II y III y las de Abora I, II y III. A estas alturas, Fermín Limachi, sobrino de Demetrio, llevaba las riendas. “Cuando mi padre (José) y mis tíos han viajado a África e Irak, yo era chico. Pero ellos me han enseñado todos los secretos”, explica.

 

El naufragio del triunfo

 

En el año 2000, el explorador noruego-alemán Dominique Görlitz buscó a la familia Limachi para construir la primera embarcación Abora. Fermín dirigió el proyecto en el lago. “Esa vez, se falló en la técnica; no se usó buena totora”, evalúa hoy el balsero tras el naufragio de esa embarcación en el Pacífico. Pero la experiencia sirvió... y de mucho.

 

“En el mar, la totora se pudre más rápido —afirma seguro—. En el lago, las balsas duran un año, hasta 14 meses, pero en el mar sólo aguantan seis meses porque hay mucha sal”. Por ello, el proyecto Abora II, el 2002, el capitán Görlitz insistió en que Limachi sea parte de la tripulación.

 

Construida en el Titicaca, Abora II viajó con sus 12 metros de largo en camión hasta las costas chilenas de donde fue transportada en barco hasta Alejandría. De este puerto egipcio partió y tras 65 días en el Mediterráneo, llegó a su destino: Nicosia (Chipre).

 

Ésa fue la mayor escuela para Fermín, que debutaba como marinero. “Ya en el océano, vi las fallas que había y cómo mejorarlas. Ya he pensado qué alto y qué ancho debía tener la popa, los mástiles”. La experiencia fue la guinda al éxito de la expedición.

 

Pero a Limachi le esperaba otro desafío y nuevamente junto a Dominique Görlitz. El 2006, construyó con totora del Titicaca la embarcación Abora III, de 12 metros de largo, 4,5 de ancho y 2,2 de alto. El objetivo era viajar de Nueva York (EEUU) hasta el puerto de Cádiz (España) para probar que en la antigüedad hubo un activo intercambio comercial entre continentes.

 

El 11 de julio de 2007, parado sobre la proa de la balsa que él construyó, Fermín Limachi saludó a los rascacielos de la “gran manzana” desde el río Hudson. Estaba a punto de ser parte de la tripulación del Abora III y se sentía preparado. “Lamentablemente, no me dieron visa en España y no pude salir de EEUU”, recuerda aún con pena. Su papel era vital en caso de avería de la nave y ello se comprobó en el viaje.

 

La Abora III se despidió de Estados Unidos con ocho tripulantes y después de 56 días de viaje por el océano Atlántico fue deteriorada por un peligroso frente de tormenta. A 900 kilómetros de las islas Azores, se abortó la misión.

 

De Huatajata al mundo

 

Desde hace 13 años, Fermín Limachi, su madre Julia Arratia, y tu tío Fermín viven en Huatajata. Son los responsables del Museo Ecopueblo del hotel Inca Utama, donde exhiben sus balsas y cuentan sus aventuras en el mar.

 

“La totora todo me ha dado, desde chico —expresa don Demetrio mientras termina la réplica en miniatura del Ra II — La pena es que ahora en Suriki ya los jóvenes no saben trenzar, no les interesa”. Su sobrino le da la razón y prepara a su primogénito de 15 años para seguir la tradición de los Limachi. “Es nuestro saber, no se puede perder”, sentencia.

 

Ahora, Fermín trabaja en dos proyectos de viajes trasatlánticos en balsas de totora que podrían concretarse este año. Y cada noche, cuando ha terminado su jornada de pesca en el Titicaca, pule al detalle el sueño de su vida: “construir una embarcación de totora —bien linda, bien grande— que dé la vuelta al mundo”.

LA FAMILIA ESTEBAN

La familia Esteban ha construido una veintena de embarcaciones de totora que han viajado por todo el mundo. Naturales de Suriki, el clan liderado por Paulino Esteban ha creado barca Uru (1988, Lima), que llegó exitosamente a Tahití. En 1990, el padre y dos de sus hijos viajaron a Dinamarca para construir dos balsas encargadas por un museo. En 1996 comandaron la expedición Mata Rangi I, que partió de la Isla de Pascua para llegar a Australia; objetivo que no cumplió. El 1999, construyeron la Mata Rangi II: un gigante que pesaba 80 toneladas y medía 30 metros de largo por siete de ancho y naufragó en el Pacífico. El 2000, el hijo de Paulino, Fermín Esteban, dirigió la construcción y fue tripulante de la Mata Rangi III. Ésta, la última expedición del español Kitín Mendoza, tampoco llegó a puerto. Actualmente, la familia vive del turismo en el lago.

Expedición / 07-02-10 Expedición / 07-02-10
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