Colombia , septiembre 2 de 2014 Actualizado hace 3 minutos

Los apodos , esa otra manera de ver el toreo...En estos tiempos revueltos una sonrisa nos vendrá bien

Rafael Cabrera
Tendido 7 | Noviembre 19 de 2012
Rafael Cabrera.-.

La cuestión de los apodos que, a lo largo de la historia, han usado muchos diestros es, prácticamente, inabarcable. Los ha habido para todos los gustos y de todo signo, los heredados en sagas familiares, casi interminables algunas, como los Cucos o los Gallos, dos apodos de pájaros de buen agüero; o los aparecidos al reclamo de un diestro de fama, añadiéndole el correspondiente ordinal: Bombita, Bombita II, y Bombita III; Nacional, Nacional II, Nacional III y Nacional IV, o Valencia, Valencia hijo, Valencia II y Valencia III.
 
Pero ni de los Torres, ni de los Anlló ni de los Roger, vamos a tratar aquí… sino de algunos apodos curiosos o sorprendentes de espadas y subalternos, de novilleros y picadores mucho menos conocidos. Tampoco hablaremos del uso de los diminutivos ito o “Chico” por detrás del nombre o apodo, intentando así no alzarse hasta el nivel o mérito del imitado espada o lidiador, o la simple adopción del apodo o nombre del admirado. Tales son los casos de Mazzantini (que al margen de don Luís adoptaron un Antonio Fernández y un Rafael Márquez, al parecer), los Mazzantinitos (hasta ocho distintos, sin contar a un Mazzantinito de Sevilla) y un Mazzantini chico más otro Mazzantinillo.

Y nada digamos de los derivados de Lagartijo, el genial espada cordobés Rafael Molina, apodo utilizado por otros tres diestros casi contemporáneos, uno de éstos un Manuel Molina diferente al hermano de Rafael, dos Lagartijo III (sin que conozcamos quién fue el segundo), un Eduardo Royo y otro más, y disminuido por los Lagartijo Chico (entre ellos el sobrino del califa, el que más se distinguió entre todos ellos, homónimo de su tío e hijo del gran subalterno y mediano espada Juan Molina y de su madre que era de la familia de los Manenes), dos Lagartijillos (que no llegaron al nivel del Chico anterior), un Lagartijillo III (Antonio Moreno Sánchez), y aun más, un Lagartijillo Chico (José Moreno Sánchez, hermano del anterior) y ello sin contar a los Lagartija (Juan Ruiz, espada de cierto renombre, y otros tres diestros de menos calado), y las dos Lagartijilla (Joaquín Barrejón y Fernando Romero). Aun hubo quien explicaba su origen geográfico añadido al apodo del califa: Lagartijo catalán (Manuel Oliver) o Lagartijo de Madrid (Francisco Cortés).


Nos hemos ido al Cossío –edición original de su tercer tomo, de 1943- y hemos repasado algunos de esos apodos curiosos o sorprendentes de diestros de antaño, a veces de siglos pretéritos, para que nadie se dé por aludido. Fíjense, por ejemplo, en algunos Niños y en muchos Chicos de... Entre los primeros, los Niños, hubo infantes titulados así, a secas, como José Alonso Tomás, Eduardo González, Fernando Gutiérrez (el del cartel precedente), Vicente Mendoza, José Montes de Oca o Mauricio Rubia de la Alnuzara, del que no nos extrañamos adoptase el más corto apodo en los carteles.


Pero el grupo infantil, en el ámbito local, se completa con el Niño de Abando (que suponemos bilbaíno), el Niño de la Alhambra (Francisco Rodríguez Iborra, natural, sin embargo, no de Granada sino de Boret, en Alicante), el Niño del Barrio (José Vera, sin que nos aclare de cuál de ellos de la capital del reino de Murcia se trataba), el Niño de Castilleja o el Niño de Chelva (de quienes ni aun conocemos su verdadero nombre), el Niño del Empalme (no sean mal pensados, se trata del barrio así conocido, que era don P. Fernández), el Niño de Gelves (no lo confundan con Joselito el Gallo, pues era Joaquín Benavente), o el de Gines, el Niño de Haro (Vicente Martínez, de claro origen riojano), el de Linares (Juan Moreno, diestro que hallamos durante la guerra civil), el Niño de Málaga o el de la Isla (Manuel Roig, que dados sus inicios onubenses suponemos de Isla Cristina), el Niño de la Ibérica (no conocemos si peninsular, de madre inequívocamente española o nombre de comercio alguno del mismo nombre), los dos Niños de la Mancha (nada que ver con el hidalgo caballero, más que en su origen manchego), el Niño de Morón y el de Tablada, sevillanos, el de Teruel que nos lleva a Aragón, o los de Toledo, de Tomares (no se trata de alguno de la familia Torres, de los Bombitas, del mismo pueblo sevillano), el de Triana, Valencia o Vallecas. Nos surge la duda del origen del Niño de la Toja, que era alicantino y no de la isla o balneario pontevedrés, aunque quizá aficionado a su oloroso jabón. Sin embargo, el famosísimo Niño de la Palma, Cayetano Ordóñez, el gran revolucionario del toreo de capa, padre de Antonio Ordóñez, no era ni de la isla canaria, ni de la capital balear, sino oriundo de la malagueña y bellísima ciudad de Ronda.

Pero junto a ellos, de claro origen geográfico, tenemos que apuntar a los que nos refieren oficios precedentes, soñados o familiares, como el Niño de la Audiencia (Emilio Rangel, egabritense famoso que logró algún nombre en el oficio), el Niño de la Brocha (suponemos gorda, dirigida a la pintura menos artística), los dos Niños de la Granja (que nos hace sospechar un humilde origen campesino, o quizá del Real Sitio segoviano), el Niño del Guarda (Anastasio López, que parece hablarnos del oficio paterno…), el Niño del Hierro (ignorado aprendiz que no parece que haga referencia al origen isleño de las Canarias, sino a oficio ligado a la metalurgia o quizá centrado en sus características físicas reales o soñadas), los Niños de la Huerta (hortelanos ellos o sus padres), el Niño del Matadero (Manuel del Pino, novillero de los años 30), el Niño de la Plaza (natural de San Román de los Montes, en Toledo, quizá ligado al coso local donde inició su carrera), el Niño de las Tejas o los muchos Niños de la Venta (en singular…). Dícese de uno de ellos, el Niño de la Venta Nueva del Camino Viejo de San Juan de Aznalfarache en Sevilla, que se llamaba Juan Pí, y que los tipógrafos que componían el cartel se enfadaron, con razón, por el mucho trabajo que les dio…


Hubo otros Niños con epítetos cariñosos o bondadosos, como el Niño de los Ángeles (ideal de bueno éste), el Niño de Belén (que no sabemos si se llamaba Jesús o Emmanuel o era hijo de una María o Belén correspondiente y que hoy tiene continuación en un par de buenos peones), el Niño Bonito (Eugenio Sanz, picador de finales del XIX de enorme fealdad), el Niño de la Estrella, Silvino Rodríguez, también de cierta nombradía, quizá por el nombre materno, el Niño del Carmen (suponemos ligado al barrio correspondiente, que lo hay en diversas poblaciones, más que a la Virgen de la misma advocación), el de la Categoría (que aunque no nos indique cuál fue ésta…, sería escasa a todas luces), el Niño de la Corona (real, ducal, condal o simplemente mortuoria, o establecimiento de comercio homónimo), el Niño de Dios (Manuel Molina, padre de Juan y del gran califa Lagartijo), el Niño de la Merced (Antonio Bejarano, cordobés del Campo de la Merced, y no por su graciosa donosura o por repartir dádivas o regalos), el Niño de Oro (Manuel Gómez Sanz), o el Niño del Royalti (que no sabemos si pagaría por ello, José Montañés, zaragozano integrado en la cuadrilla de Llapisera), o el Niño del Socorro, que aparece como miliciano en cartel de la guerra civil, y que obedecía por Luis Sanz.

Dan cierta pena el Niño del Hospicio (Roberto Artigas, que al menos conocía su primer apellido), el Niño de la Negra (no sabemos si en relación a su triste suerte o a una madre de piel oscura), el Niño del Tercio (cuyo origen hemos de colocar en la Legión, batiéndose en tierras africanas frente a los rebeldes del Rif y arriesgando el pellejo por una mísera soldada o quizá vástago de miembro del cuerpo militar o quién sabe si lidiador que no salía más allá, hacia los medios) y un ignoto Niño de la Vergüenza, cuya esporádica aparición nos hace sospechar que hubo poco de aquello en el ámbito taurómaco, y quizá más de timidez, escaso oficio o gran temor.


Hijos de sus respectivas madres fueron todos estos Niños, pero algunos hicieron referencia a ellas en el apodo; así el Niño de la Casera (que no se atrevió a mentarla por el nombre propio y que se esfumó como la gaseosa), el Niño de la Curra, el Niño de Ginés (en este caso referencia paterna y como lleva acento, no del homónimo pueblo sevillano), el Niño Mora (vayan ustedes a saber si su madre era magrebí o le gustaban los frutos de la zarza), el Niño de la Pastora (Manuel Soler), o el Niño Rita (que como el Julián de la Verbena de la Paloma, tenía madre, aunque Rita no lo fuera en la función) o el Niño de Conchita (José Rendón, diestro de Alcalá del Río de momentos previos a la contienda civil).

Con los Chicos de… pasa otro tanto que con los Niños. Los hubo de referencia local, como el Chico de Basurto (Martín Echeandía, vasco por apellido y vizcaíno de nacimiento), el de Camas (no aficionado a los lechos, suponemos, sino del bonito y taurino pueblo sevillano, Antonio Casado, que andaba por los ruedos en torno a 1910 y nos da que no alcanzó la sabiduría de Paco Camino), el de Carmona, también sevillano, o el de Casetas, el de las Delicias (ligado al barrio madrileño, y no por sus excelencias y grandes calidades artísticas) y el de Lavapiés (otro del foro, como dirían los castizos), el Chico del Escorial, el de Levante (Alejandro López, que no es que madrugase, sino que había nacido en Cartagena), el Chico de Pamplona (Moisés Blanco), el Chico de Pardiñas (madrileño nacido en 1882, que nos hace referencia a una posible calle de la capital, General del mismo apellido), el Chico de Ricla (maño como él sólo, Antonio López), el de Segovia, el de Valencia o el de Vista Alegre (Miguel Pérez, novillero santanderino del primer tercio de siglo, al que no sabemos si adjudicar a la plaza carabanchelera, bilbaína, o catalogarlo por su mirada graciosa).


Muchos Chicos hubo de oficio y profesión anterior, como el del Bar (Ignacio García, zaragozano que no fue célebre por su afición a la restauración), el de la Botica, al que al menos elevaba lo digno de su comercio si lo comparamos con el Chico del Cajón; el del Club (que no era de fútbol, sino de variedades), el Chico de la Droguería (del gremio de los productos químicos de limpieza), el de la Fuente (al que no creemos aguador de oficio), el del Imparcial (Fernando Ugarte, cuyo apodo hay que colocar entre los empleados del célebre diario), los Chicos del Matadero (muchos, un montón de ellos…, pero con dicha acepción dos de ellos, Julián Acosta y Antonio Iglesias), o los Chicos de la Plaza (otra buena porción, pero uno sólo así anunciado en los carteles, Manuel de la Plaza García, más por su apellido que otra cosa, para que vean lo que engañan estos apodos). Y no me digan nada del Chico de la Arboleda (Félix García), el de la Guayabera (que suponemos se cambiaría de vez en cuando) que podemos confrontar en fama y logros profesionales con el primer apodo que adoptó Vicente Pastor: el Chico de la Blusa; el Chico de la Paloma (probablemente referencia local, materna o amorosa, más que dueño del ave correspondiente) o el del Piano, novillero de allá por 1908, que no sabemos si lo tocaba, lo llevaba o se lo adjudicaron en guasa.

Y junto a ellos los Chiquitos, Chiquilines y Chiquitines, entre los que cabe destacar la nombradía de Chiquito de Begoña, el diestro vasco Rufino San Vicente, notable por su valentía y buen matar. Y saga, también, fueron los Chicuelos, entre los que destaca el conocidísimo y de merecida fama Manuel Jiménez, el inmortal diestro sevillano de la importantísima faena a “Corchaito” de Graciliano en 1928, incluyendo a un Chicuelo de Cartagena (Adolfo Martínez), los Chicotes, Chicorro (con mención de honor a José Lara, primer torero que cortó apéndice auricular en la plaza de Madrid, allá por 1876) o Chicorrito. 
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